miércoles, 17 de junio de 2015

Cuba, ¿racismo institucionalizado?, No; discriminación política, SI.

El 8 de enero de 1959 entró triunfal en La Habana  Fidel Castro Ruz, Comandante en Jefe de un ejército multicolor.  Había derrotado a otra tropa igualmente mestiza liderada por el general Fulgencio Batista “el indio de Banes”, según el decir de la época.
Hablando de coloraciones de la piel, racismo a las claras, es bueno hacer historia, porque desde hace algún tiempo aparecen algunos exportando un racismo al estilo Alabama 1955, ajeno a nuestra realidad.
Dentro de sus contradicciones, la naciente república marcó pautas, en  1909 tuvimos dos senadores electos de piel negra, ambos por el Partido Liberal: Martín Morúa Delgado y Nicolás Guillén Urra, padre del poeta comunista homónimo. Nada parecido era imaginable entonces entre nuestros protectores del Norte.
Fue particularmente polémica la Enmienda Morúa, presentada al congreso de la república en 1910 por el también notable periodista cubano:
“No se considerará en ningún caso como partido político o grupo independiente, ninguna agrupación constituida por individuos de una sola raza o color, ni por individuos de una clase con motivo del nacimiento, la riqueza o el título profesional.”

Terminada la segunda intervención norteamericana, el nuevo ejército profesional se ensañó con los Independientes de Color, partido ilegalizado por el referido texto constitucional.

El Ministro de Gobernación, Gerardo Machado, dirigió  la represión. En 1933 un amplio movimiento popular liquidó al entonces presidente, entre los rebeldes estaba Fulgencio Batista, devenido en General y Presidente, sería el político más influyente del país durante el próximo cuarto de siglo.

Las nuevas fuerzas armadas y demás cuerpos represivos fueron abandonando el marcado racismo de sus orígenes. El triunfo de Fidel Castro amplió aún más la tendencia anterior, dadas sus bases sociales y necesidades de sobrevivencia al eliminar de un tajo a los propietarios capitalistas cubanos y extranjeros, casi totalmente blancos.

¿Racismo?, por supuesto, no falta porque la herencia esclavista perdura. Si se trata de instituciones, es difícil identificarlo, no hay leyes, códigos o reglamentos sustentando tales prácticas, aunque, por ejemplo, con razón se alude al Ballet Nacional de Cuba, especialmente  a su directora, Alicia Alonso, acusada de manifestaciones y actitudes discriminatorias derivadas del color de la piel.

En cuanto a las estadísticas, sugieren pero nada prueban, los números suelen ser usados por oportunistas de cualquier bando.
¿Escasos generales negros al cabo de tantos años?
¿Ningún cubano de piel oscura en la lista del ajedrez?
¿No hay blancos boxeadores?
¿La mayoría de los peloteros son negros o mestizos?
¿Esteban Lazo campea como única excepción en la alta jerarquía?

Escoja cada cual sus posibles respuestas, pero no tendrá premisas vinculantes, probatorias, de prácticas racistas.

Agrego un dato excepcional de la antropología basado en la biología molecular: humanos y chimpancés compartimos entre  el 98,8 y el 99,4 % de genes comunes. ¡Adelante los teóricos de las estadísticas!

Ahora bien, si se trata de la discriminación política, derivada del partido único y el liderazgo del “infalible Comandante”, entonces sobran los testimonios de un ejercicio discriminatorio continuado de tales prácticas.

El pueblo cubano arrastra hoy las consecuencias del empecinamiento castrista, luego de perder la apuesta política de aliarse a los rusos en su aventura antinorteamericana.

Como siempre sucede durante las crisis prolongadas, los sectores más vulnerables cargan el peso de la situación: otra vez negros, mestizos e inmigrantes internos viven lo peor de un período que nada tiene de especial, a no ser la depauperación interminable de la nación.

Nuestra idiosincrasia anda lejos de la cultura anglosajona, ni con Batista ni con Fidel es imaginable una protesta como la de Rosa Parks en Alabama.

La religiosidad nacional, determinada por el sincretismo cristiano-africano, no excluye coloración alguna. Lo mismo sucede con la relación entre parejas, donde un creciente mestizaje es imparable.

Buscar racismo institucional, exportar una imagen ajena a nuestra realidad, entraña el peligro de desviarnos de los acuciantes problemas que enfrenta actualmente el conjunto de opositores al régimen imperante.

Aquí la segregación se llama internet bloqueado, huelgas de hambre de los presos de conciencia, las Damas de Blanco impedidas de manifestarse normalmente por las calles. Valientes hombres y mujeres de todos los colores, cobardes represores de todos los colores.
  
Por Mario Hechavarria Driggs, periodista Independiente.






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